Me fascinan las salidas del sol y las disfruto siempre que puedo cuando voy a la playa o en la montaña y cada una de ellas me sorprende como si fuera la primera vez que la contemplo porque siempre es diferente.
La temporada en que las puedo observar con toda su intensidad es en verano mientras estoy en la ciudad de Barcelona que voy a la playa y desde allí las puedo contemplar perfectamente y a finales de julio acostumbro a ir a mi pueblo, la Seo de Urgel, que está en el pre Pirineo, y desde allí no tengo la oportunidad de poderlas contemplar totalmente desde el principio de su salida sino cuando se eleva por detrás de la montaña, a pesar de ello también las disfruto mucho.
En Barcelona me levanto a partir de las cinco treinta de la mañana y a medida que el sol va saliendo más tarde cada día voy adaptando mi horario; me visto rápido y bajo a tomar el bus ya que tengo la parada justo delante de mi casa y en veinticinco minutos estoy en la playa de la Nueva Icaria, al llegar camino hacia el mar y primero hablo con el agua, pongo mi mano derecha en mi corazón y con la mano izquierda toco el agua tres veces para bendecirla y le doy las gracias con todo mi amor por todo lo que el mar me aporta y después de esta pequeña ceremonia empiezo a andar por la playa descalza cerca del agua, lo cual me conecta con la madre tierra y a la vez voy observando la salida del sol mientras mis pies se van remojando.
Cuando llego al final de esta playa me encuentro con una roca que está cerca del agua a la que me gusta saludar porque me parece que es la vigilante de esta playa; este verano la he observado bien y he podido ver que tiene forma de un rostro que está descansando con los ojos cerrados, es por ello que me parece que es la guardiana de este lugar. Me encanta mentalmente hablar con ella y le agradezco su labor.
Cada día el sol sale igual pero yo lo percibo de manera diferente, dependiendo si hay nubes y de sus formas diversas en cada momento del día; todo ello me resulta una obra de arte, ya que poder contemplar el cielo y ver la maravilla que estoy observando me resulta fascinante y no me canso de mirarlo. Hay días que el cielo está totalmente limpio de nubes y antes de que el sol aparezca el cielo esta lleno de una luz fantástica de color rojizo, otros días la intensidad de este color baja pero siempre resulta de una estética y elegancia maravillosa. Poco a poco el sol va saliendo de manera tímida y en pocos minutos aparece el sol en forma de bola de luz rojo-anaranjada y a medida que se va elevando el color de la luz se vuelve de color blanco y es entonces que empieza a calentar cada vez más.
Me siento en la playa y mientras contemplo el sol hago veinte minutos de respiración y mi mente se queda en silencio; después me quedo reclinada sobre la arena con los ojos cerrados, con mi espalda sobre la arena mientras observo como el aire entra y sale por mi nariz, a continuación me siento otra vez y medito un rato escuchando el vaivén de las olas.
Todo este tiempo me resulta sagrado porque siento una gran paz y mucha unión con la naturaleza. Después me preparo para bañarme; a aquella hora de la mañana el agua está muy limpia y en general tranquila, me adentro en el mar, al agua está fresquita y muy agradable y nado un ratito y después salgo del agua y camino por la playa cerca del mar hasta las duchas, me limpio la arena de mis pies, me seco el cuerpo, me visto y me voy a tomar el bus y hacia las nuevo de la mañana estoy en casa refrescada y con mucha calma.
Esta práctica diaria me resulta muy reconfortante y enriquecedora ya que con ella siento mucha conexión con la naturaleza, lo cual hace que el resto del día me invade mucha paz, armonía y alegría. Es por ello que todo ello lo viva como un gran regalo de la naturaleza que agradezco muchísimo.
20 de septiembre 2026

